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Los Colores de la Naturaleza Imprimir E-Mail
Escrito por Laura Becerra   
lunes, 27 de agosto de 2007

 

 

El cielo, el viento y el agua son los protagonistas de la obra más reciente de Miguel Ocampo, un artista que sigue experimentando con el color. La noticia es que el miércoles inaugura una exposición en la ciudad de Córdoba. Además, ya piensa en un espacio propio para sus cuadros.

 

 

 

 

 

Verónica Molas
De nuestra Redacción
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"Por fin me consideran un artista cordobés", dice, alegre, Miguel Ocampo. El pintor nacido en Buenos Aires en 1922 vive en La Cumbre desde hace 30 años, y su última exposición en la capital provincial fue hace una década.

La alegría de Ocampo se debe a que esos 10 años de ausencia llegarán a su fin el miércoles a las 19.30, cuando inaugure una exposición de su obra más reciente en la sala Sasha D., del Híper Casa de Rodríguez del Busto.

El pintor trabaja actualmente en el diseño de la muestra. No quiere librar nada al azar. "El último cuadro es colgar la exposición", afirma. La diagramación de la muestra es una parte esencial. "Componer en sala –dice–, es una influencia de la instalación artística en la pintura".

Plano en mano, Ocampo bosqueja en su taller de La Cumbre maneras de darles protagonismo a magníficos trípticos, y decide el lugar que ocuparán los dos murales compuestos de "restos de lienzo". En realidad, son pequeños cuadros reunidos arbitrariamente, que saltan de la figuración a la abstracción. En esos restos, márgenes de una gran tela, siente que se ha liberado para pintar. Además, les descubre un mérito a estas diminutas porciones de pintura: "son todas distintas".

Mientras lleva y trae los cuadros que va a incluir en la muestra, deja ver el boceto de una pintura en la que trabaja actualmente, y luego, la pintura misma, que cuelga en la pared sólo para ser exhibida, porque el artista pinta con el lienzo en posición horizontal. Teme hacer alguna concesión. Reconoce que, en su caso, sería que el paisaje cuenta más de lo que debe. Cielo y tierra se funden en esta pintura que, como tantas otras, no puede ser indiferente al paisaje, aunque el color sea el gran tema en la obra del artista.

El cuadro azul. Fabián Lebenglik sintetiza lo esencial en la pintura de Ocampo: "Su imagen siempre está a punto de disolverse en el aire, pintura evanescente que huye de actitudes enfáticas porque el componente central es el color y, en consecuencia, la luz".

Que el color se vuelva espacial en sus pinturas ha sido la intención principal de su obra. "Que la pintura se desprenda del soporte: pintar en el aire para llegar a la levedad absoluta", continuaba Lebenglik en el texto de presentación de una muestra retrospectiva de Ocampo en 1997 en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires.

La historia del cuadro azul (en la foto, detrás de su retrato) es un ejemplo de esta búsqueda del color absoluto: "Estaba en un período muy figurativo –explica el pintor–. Y necesitaba un cuadro dominante azul. En el apuro, porque se demoraba el bastidor, eché mano a un cuadro viejo que tenía bastante de ese color y comencé a taparlo con más pintura azul. Yo no pinto en caballete sino en unos carritos que tengo. Cuando lo puse en la pared me di cuenta de que era el cuadro que hacía 40 años quería lograr".

En este cuadro "hay azules que van y vienen, no se llega a armar la imagen, flotan los colores", describe. El color produce movimiento, un efecto cinético que atraviesa casi toda su obra. Dice Ocampo: "Es una lección de lo que es la libertad profunda, lo que no podemos mostrar por inhibición, razonamiento, o prejuicio. Lo hice totalmente lejos del propósito que me movía hace 40 años persiguiendo la idea".

Descubrimientos. Una historia similar está en el trasfondo de los trípticos (de 2006 y 2007) que exhibirá. Intentos fallidos que luego regresan como soluciones pictóricas desprevenidas, felices, varios años después. En este mecanismo, el cuadro entra y sale del depósito, como si dentro de éste hiciera capilla, o como si el tiempo se encargara de meditar una solución.

En gran parte de la obra de Miguel Ocampo, y sobre todo en el último período, la experiencia del color rige la percepción. Un color totalmente autónomo de la forma y el soporte. El artista lo define así: "Es lo que sentís en la naturaleza: el cielo, el viento, el agua".

El paisaje. La pintura concreta, en los ’50 y en Buenos Aires, y luego la geométrica, realizada en sus distintas estadías en el exterior (Roma, París y Nueva York, entre los ’50 y los ’70), cimentaron gran parte de su obra, que sólo tuvo algunos descansos figurativos.

Toda esta fortaleza estructural fue socavada a partir de su residencia en La Cumbre. La imponencia del paisaje transformó en texturas abstractas, por momentos líricas, una pintura ya no sujeta a la forma, sino centrada ahora en el problema de la luz y el color.

"Era absurdo no conmoverse con las puestas de sol todos los días, ser pintor y desechar el paisaje... Hice dibujos abstractos, que son la naturaleza", cuenta.

Algunas de las obras que muestran más claramente esta relación con el paisaje, donde el junco, la rama o el pasto aparecen como trama, formaron parte de la muestra "El paisaje y la ciudad", este año, en fundación Osde de Buenos Aires, que contó con la curaduría de Laura Malossetti Costa.

La sala propia. "No tengo idea de qué voy a hacer, estoy construyendo este espacio para poner orden", dice el artista en relación a la sala que en poco tiempo mostrará su obra en forma permanente en La Cumbre. Le avergüenza que llamen "museo" a un lugar "surgido por razones de practicidad".

Ocampo pensó en un futuro en el que él ya no estaría, y la responsabilidad que dejaba a su familia: "qué hacer con los cuadros de Miguel". Lo primero, entonces, fue poner orden, y hacer un inventario.

"Lo veo en mis colegas que están en el más allá, te morís y chau. Pienso en (José) De Monte; no me siento Da Vinci pero es el trabajo de mi vida".

Mientras espera la habilitación y define cómo serán las visitas, Ocampo prueba distintos montajes. En esta sala estarán sus pinturas de todas las épocas, los diferentes períodos dialogando entre sí, obras de los ’60, como Cuento de invierno; de los ’70, como Rememorando el río; y las búsquedas más actuales. El color flotando en el aire, transportado por el paisaje simulado en sus cuadros.

 
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